La figura del emperador japonés

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Teniendo en cuenta que este próximo 1 de mayo el emperador Akihito abdicará y comenzará la nueva era, Reiwa, hoy hablaremos de la familia imperial japonesa y de su máxima figura: el emperador.

Sello imperial japonés. Imagen de Wikipedia

 

Los emperadores japoneses tenían prohibido constitucionalmente dimitir y así lo han aceptado en los últimos 200 años. Japón es un país altamente desarrollado con una democracia liberal y, sin embargo, tiene la monarquía más antigua del mundo. Pero, ¿cómo funciona realmente la monarquía de Japón?

En el país del sol naciente hay una monarquía hereditaria, no muy diferente de las que hay en Europa y Oriente Medio. El cabeza de familia es el emperador, y según la constitución de Japón, es el “símbolo del Estado y de la unidad del pueblo”. Como tal, el papel del emperador es en gran parte el de una figura representativa. Es decir, asiste a funciones diplomáticas, ofrece apoyo después de desastres naturales, otorga honores y realiza varias tareas simbólicas. De hecho, el Emperador solo tiene dos responsabilidades formales: nombrar al primer ministro como designado por el parlamento, y nombrar al presidente del Tribunal Supremo según lo designado por el gabinete. El emperador no participa en el proceso legislativo y, de hecho, rara vez es visto públicamente. Desde que el emperador Akihito ocupó el trono en 1989, apenas se ha dirigido a los medios de comunicación en un par de ocasiones.

 

El hasta ahora emperador japonés, Akihito. Imagen de The Wall Street Journal

 

La familia imperial japonesa ha existido durante miles de años y su papel ha evolucionado a lo largo de la historia. Desde el siglo XII hasta el siglo XIX, Japón fue gobernado por los shogun o dictadores militares. Al igual que los primeros ministros de hoy, su autoridad solo era legítima si era aprobada por el emperador. Pero cuando el shogunato se disolvió en 1868, una nueva constitución le otorgó al emperador la autoridad para crear y hacer cumplir las leyes, así como ejercer como “mando supremo del Ejército y la Armada”. Esto duró hasta las secuelas de la Segunda Guerra Mundial, cuando los Estados Unidos ocupantes impusieron una nueva constitución que prohibía al emperador participar en la política. Esta era marcó no solo un cambio en su soberanía, sino también en su persona pública.

Según la mitología japonesa, el primer emperador en el 660 a.C., así como cada uno de los 124 gobernantes que le sucedieron, son descendientes de la Diosa del Sol de la religión sintoísta. De hecho, la palabra japonesa para emperador se traduce literalmente como “soberano celestial”. Y a lo largo de la historia, incluso se ha hecho referencia a los emperadores como “dioses”. Esta narrativa se vio reforzada por siglos de tradición y propaganda gubernamental, y durante la Segunda Guerra Mundial culminó en cultos imperiales, bombarderos kamikaze y otros fanatismos.

Después de que Japón perdiera la guerra, el emperador anunció públicamente que no era un dios y echó por tierra la creencia de que los emperadores son divinos. Para que Akihito renuncie, el parlamento japonés revisó hace dos años una ley de 1947 que le impedía hacerlo. Cuando dé comienzo el próximo mes de mayo, dará comienzo la era Reiwa y a sus 59 años subirá al trono Naruhito, el hijo mayor del emperador actual.


El próximo emperador japonés, Naruhito. Imagen de The Asahi Shimbun